lunes, 9 de noviembre de 2015

SUPERFICIALES

SUPERFICIALES (por Lalo Monsalve)

Charlaba con una compañera de oficina sobre asuntos cotidianos cuando, de repente, le escuché decir: "Aquí cada uno va a lo suyo menos yo misma, que voy a lo mío". Entonces, comenzó a reír a carcajadas. Se suponía que era una especie de chiste. Le pregunté si se creía realmente lo que acababa de comentar y me contestó: "Pues claro, a la hora de la verdad, a los demás les importamos una mierda". Me pareció convencida de ello.

Mientras volvía a casa, le iba dando vueltas a ese asunto, repasando de memoria mis relaciones con mis seres más cercanos: familia, amigos, compañeros de trabajo y conocidos varios. Y comencé a desgranar un rosario de cuestiones para intentar llevar a cabo una valoración objetiva sobre el papel que yo podía estar jugando en sus vidas. ¿En realidad yo les importaba?. ¿Me preguntaban habitualmente por mi salud o mi estado de ánimo, por mis problemas, inquietudes, necesidades, carencias?. ¿Cuántas llamadas telefónicas había recibido de cada una de esas personas a lo largo de la última semana?. ¿Cuántas veces habíamos quedado para charlar en los últimos meses?.

No me rodeo de mucha gente, por lo que la evaluación no me llevó demasiado tiempo. Sin embargo, los resultados me dejaron aterrorizado. A excepción de los más allegados; es decir, algunos miembros de mi familia, a los que, por cierto, yo solía requerir bastante más que ellos a mí, con el resto tuve que reconocer que existía una relevante frialdad. En definitiva, nuestra relación estaba bajo mínimos. Entonces, entré en un extraño estado de pánico. Mi compañera de trabajo podía tener razón. Les importo un carajo a unos cuantos, más bien a muchos diría yo.

Como me conozco, no quise dedicar toda la noche a investigar acerca de las causas de tal desafección. Ni a dilucidar de quién podría ser la culpa de ese vacío. Se supone que la responsabilidad corresponde a ambas partes. Pero ¿por qué?. ¿Cuáles serán los motivos y razones de ese desapego, de esa distancia, ese muro que hemos construido unos y otros?.

Reconozco que reenviar e-mails o whatsapps no es una manera sensata de comunicarse. Tampoco escribir estupideces en Facebook o Twitter. Por tanto, ¿qué otras cosas de mayor enjundia podemos hacer para combatir la superficialidad que nos está invadiendo?.

Habrá que darle la vuelta a la tortilla, pensé. ¿Qué es lo contrario de lo superficial?. Pues la profundidad, me respondí. ¿Y cómo resultar más profundo?. ¿Cómo impactar lo suficiente?. ¿Cómo conseguir ser realmente importante y convertirse en un ser requerido para los demás?. ¿Acaso bastaría simplemente con que los otros sepan que estás ahí, por si acaso?.

Era curioso, pero me había salido una frase interrogativa que comenzaba con la misma palabra que terminaba. Pero, ¿dónde empezaba y acababa dicha palabra?. ¿Sólo nos buscan cuando nos necesitan?. ¿Qué tiene que ocurrir para que las cosas ocurran?. Otra vez me estaba repitiendo. Me encontraba perdido dentro de una espiral y me temía que no sabría salir con éxito de ella sin marearme.

Creí que lo mejor sería urdir un plan preconcebido a conciencia. Me haría notar sin parecer un pesado. Me ofrecería para lo que fuera. Intentaría citarme físicamente con mi gente, utilizando aquello de: "Hace ya mucho que no nos vemos...".

Por supuesto, también tendría previsto un plan B. Si la cosa no resultase, pasaría olímpicamente de todos ellos una temporada. Sin llamadas, sin visitas, sin quedadas. Como si estuviera muerto. Entonces, seguro que reaccionarían. Me echarían de menos. No soportarían no saber de mí. Un plan muy arriesgado, sí, en el que me jugaría mucho. Pero podría ser la prueba de fuego demostrativa de que, en efecto, querida compañera, a los demás uno les importa una mierda.

Sabed todos que he dado comienzo a la fase 1 de mi plan escribiendo esta entrada en el presente Blog. Confío en tener un éxito razonable. De lo contrario, comprended lo que me aterrorizaría tener que echar mano del plan B. Lo digo en serio.

¡Qué triste!, ¿verdad?.

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