domingo, 20 de septiembre de 2015

POLONIA

POLONIA (por Lalo Monsalve)

Tenía pendiente desde hace un tiempo, demasiado tiempo quizás, cumplir una recomendación de El Chico del Niki Rojo. Visita Polonia, me dijo. Te sorprenderá. Y es cierto.

Aprovechando unos días de vacaciones, he recorrido más de 2.000 kilómetros a lo largo de ese país. Comencé en Varsovia y me llamó mucho la atención su Skyline, junto al gran edificio del Palacio de la Cultura. La Calle Nueva y sus alrededores tienen un encanto arrollador, así como el bullicio de la juventud que los frecuenta.

Realicé una excursión al Castillo de Malbork y, a continuación, después de varias horas de viaje por carretera, llegué a la tri-ciudad: Gdansk, Sopot y Gdynia, tres localidades sin solución de continuidad. Entre decenas de tiendas y puestos callejeros que ofrecen artículos de ámbar, me impactaron tanto las casas de Gdansk que, sin quererlo, me ví transportado a Amsterdam o Brujas.

Por otra parte, pasear por la playa de Gdynia y el embarcadero de la ciudad-balneario de Sopot, bañados por el Mar Báltico, fue una experiencia muy agradable, que despejó mi mente y me hizo recordar a los intérpretes españoles que se presentaron al Festival de la Canción de Sopot, como fue el caso de Peret o Conchita Bautista.

Me gustó mucho la Catedral de la Oliwa. Después puse rumbo a Torun, donde rendí tributo ante la estatua de Nicolás Copérnico, mientras saboreaba unos deliciosos Pierniki. Seguí el viaje hacia Poznan y me maravilló su espectacular Plaza del Mercado, en la que destaca el edificio de su ayuntamiento o el Castillo de Premyslao II.

Los momentos más tristes y difíciles de mi visita a Polonia los pasé dentro del campo de Auschwitz I y confieso que salí de allí horrorizado y entregado a un largo proceso de reflexión de camino a la hermosa ciudad de Cracovia, con parada previa en Wadowice, la cuna de San Juan Pablo II. Allí me quité el mal sabor de boca que me dejaron las atrocidades de los nazis, saboreando el pastelito favorito de aquel Papa: un inigualable Kremowska (espero haberlo escrito bien y, si no, pido perdón a los polacos).

Los expertos en Turismo aseguran que Cracovia recibe unos 10 millones de visitantes al año. La gente no es tonta y no se equivoca en su elección. También me acerqué al Santuario de Jasna Gora, donde, acompañado de miles de colegiales polacos, hice mis particulares peticiones a la Virgen de la Montaña Clara, que espero sean atendidas. Salvando las distancias, me recordó a otros lugares de peregrinación como Fátima o Lourdes.

Cuando uno está cerca de Cracovia, tiene que hacer una excursión obligada a las minas de sal. Pensé que me daría un síncope al descender más de 150 metros de escalones. Lo peor, la subida en una jaula (allí dicen que es el ascensor) con otras 8 personas, empaquetadas todas como sardinas en lata.

Volví hacia Varsovia y me embarqué en un vuelo de Norwegian.com. Avión bastante nuevo, pero no te dan ni un vaso de zumo gratis en casi 4 horas de vuelo. Por lo demás, El Chico del Niki Rojo tenía razón. Tienes que visitar Polonia. Te sorprenderá gratamente. 



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