sábado, 9 de noviembre de 2013

LA CHICA DEL YOGUR

LA CHICA DEL YOGUR (por Larry Romántico)
 
Una o dos veces por semana coincido en el urbano transporte con una joven alta, estilosa, que tiene una larga coleta tipo cola de caballo y siempre lleva una pequeña mochila rojiblanca.
 
Sube al tren una estación después de la mía y, cuando puede, se coloca junto a la puerta, apoyando la espalda en la barra horizontal de la pareja de asientos más cercana. Entonces, abre la cremallera de la mochila e introduce su mano derecha para sacar una botellita de yogur líquido batido, normalmente de sabor a fresa o frutas del bosque.
 
A mí también me gusta mucho el yogur, con el formato tradicional, no líquido, y prefiero que  contenga bífidus activo y frutos rojos. Dicen que el arándano, la frambuesa, las moras y las fresas poseen muchos antioxidantes, que actúan como preventivos de las enfermedades genito-urinarias.
 
Mientras se suceden las estaciones, ella disfruta saboreando su yogur, bebiéndolo con pequeños sorbitos, como si desease que le durase todo el trayecto. Nunca repara en nadie ni observa nada. Simplemente, se deja llevar por su propia mirada perdida, ensimismada en sus pensamientos.
 
Daría cualquier cosa por preguntarle en qué está pensando o qué siente durante esos inacabables minutos en los que parece que nuestro entorno se ha detenido y solo ella y yo mismo somos conscientes de lo estupendo que puede ser tomarse un yogur, muy despacito, dentro de un vagón lleno de gente que está "a su bola".
 
Esa chica, aunque con más edad, me recuerda mucho a "Tagore". Mis amigos y yo bautizamos así a una chavala que acudía siempre a la discoteca que frecuentábamos los fines de semana. Rodeada de unas cuantas amigas, parecía estar ausente de todo, de todos y todas. Tenía una belleza muy singular, atractiva, misteriosa, unos ojos cautivadores y una figura que llamaba la atención.
 
Cuando comenzaban las canciones lentas, los chicos hacíamos una fila enorme, unos detrás de otros, y recorríamos todo el perímetro que formaban las mesas, invitando a salir a bailar a chicas que nos gustaban. Este ritual solía funcionar o no, hasta que llegabas a "Tagore", que nos iba despachando a todos, unos detrás de otros en aquella larga fila, con una mirada absolutamente disciplente. Ni siquiera se molestaba en decir ¡No!. No hacía falta.
 
Estuve muchos meses acudiendo sábados, domingos y festivos a ese mismo local y puedo asegurar que jamás vi bailar a "Tagore" con ningún individuo, ni guapo ni feo ni alto ni bajo. Era una auténtica profesional del reparto de calabazas a diestro y siniestro. Mis amigos y yo, y los demás, recibimos latigazos de indiferencia a raudales. Nunca supe la razón. Ni siquiera me arriesgué a tratar de adivinarla. Sólo recuerdo a aquella chica con la mirada perdida, como si estuviese realmente fuera de allí, en otra parte, en otro mundo, inaccesible para mí, para cualquiera.
 
"Tagore" bebía su consumición con pequeños sorbitos, como mi misteriosa compañera viajera del Metro. A ésta última nunca se me ocurrirá preguntarle si disfruta con su yogur o si quiere bailar. Ya tuve bastante con "Tagore".

Nota.- Este texto está especialmente dedicado a mi amigo David García-Quismondo (q.e.p.d).
 

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