miércoles, 2 de octubre de 2013

ESTUDIAR IDIOMAS

ESTUDIAR IDIOMAS (por Lalo Monsalve)
 
Cuando España se incorporó a la entonces Comunidad Económica Europea, muchos ciudadanos de este país se dieron de bruces con una cruda realidad: no sabían idiomas.
 
A la hora de adaptar toda nuestra normativa a la legislación comunitaria, resultó necesario integrarse en numerosos grupos de trabajo, que ya funcionaban desde largo tiempo en Europa. Sin embargo, sólo unos pocos tecnócratas estaban en condiciones de mantener un diálogo con sus interlocutores de otros países. El resto, quedó a merced de los traductores que estaban presentes en las reuniones. Los textos en castellano resultaban imprescindibles.
 
Durante los años 90, se llegaron a impartir instrucciones expresas a los funcionarios públicos que acudían a Bruselas, para que formulasen una protesta formal, e incluso abandonasen la reunión, si en la misma no se proporcionaba el servicio de traducción al español. En aquellos años, se mantenía que el castellano debía considerarse al mismo nivel que el francés o el inglés, y no se podía retroceder un ápice de terreno en ese sentido.
 
Han transcurrido dos decenios y la mayoría de reuniones de grupos de trabajo técnicos organizados por la Comisión Europea se celebran sólo en inglés, máxime ahora que participan casi 30 países distintos y es muy complicado facilitar traducción en todos los idiomas. 
 
Dice Richard Vaughan en uno de sus cursos de inglés, que intentar dominar un idioma a partir de los 30 años de edad es un ejercicio prácticamente inútil. También dice que la mejor base gramatical y los cimientos de cualquier lengua se establecen desde los 3 a los 12 años, pues el alumno casi nunca cuestiona lo que se le está enseñando. Simplemente, lo acepta y todo ello se queda grabado en su memoria para siempre. Intentar alcanzar un nivel avanzado, habiendo comenzado a estudiar en la madurez, es una quimera imposible. Una pérdida de tiempo y dinero, mucho dinero. "I'm sorry, my friend", insiste Vaughan.
 
Aprender una nueva lengua exige un enorme esfuerzo, mucho mayor cuanto más edad tiene uno. Se trata de miles de horas, escuchando, tratando de entender, leyendo y estudiando gramática. El dicho asevera que: "No pain, no gain". O sea, "no hay ganancia sin dolor".
 
Todos sabemos que en España el nivel de conocimientos de las lenguas extranjeras europeas más utilizadas (inglés, francés, alemán) es muy reducido, sobre todo en personas mayores de 40 años. En otras edades, también es escaso el porcentaje de las que pueden acreditar un nivel intermedio alto. Los más valientes, unos pocos, se han lanzado a aprender italiano, portugués, árabe, chino y ruso.
 
Hay gente que tiene un buen oído musical y eso puede ayudar a la hora de ponerse a estudiar un idioma. Pero la mayoría de los fracasos se derivan de la falta de constancia, de perseverancia, de esfuerzo y de práctica. De nada sirve tener algunas nociones de alemán, por ejemplo, si uno no tiene oportunidad de hablarlo con alguien.
 
El mercado de trabajo es exigente a la hora de los idiomas. No basta con "chapurrear". Es necesario desenvolverse con agilidad y de manera correcta. El dominio de la lengua tiene que evidenciarse durante una conversación. Y también es preciso saber escribir, a la perfección, un texto sobre un tema determinado.
 
No ayuda nada a la imagen de nuestra nación (la marca "España") el hecho de que ninguno de los presidentes de la democracia hablase idiomas con corrección. Mientras tanto, miles y miles de academias han hecho un gran negocio durante decenios, atrayendo incautos que pensaron alguna vez que hablarían un buen inglés sin necesidad de tener que marcharse a fregar platos o a cuidar niños a Londres o Nueva York, para familiarizarse con el idioma.
 
Como dice Vaughan, la clase, el profesor, mantienen al alumnado flotando en la superficie, mediante un apoyo continuado. Son como un simulador de vuelo o un paracaídas para el alumno. Pero el verdadero idioma, la realidad de la lengua, consiste en sumergirse en él, durante el día a día, hablando con nativos en situaciones reales, en las calles, plazas, bares, estaciones, oficinas o comercios de otro país. Ese tipo de experiencias incómodas, difíciles, tienen mucho más valor, en términos de aprendizaje, que cientos de horas dentro de una academia. Cuando uno está solo, en el extranjero, no tiene más remedio que despegar y aterrizar sin simulador. Hay que hablar, es esencial, aunque sea destrozando el idioma.
 
No hay mayor vergüenza para un estudiante de una lengua extranjera o para alguien que crea que conoce un idioma que no es el suyo, que asistir a una reunión en la que apenas se ha enterado de palabras sueltas y no es capaz de hacerse una idea de lo que allí se acordó realmente.
 
Espero y confío que nuestras autoridades se tomen en serio algún día, y de una puñetera vez, la enseñanza pública de lenguas extranjeras que capaciten a los ciudadanos para dialogar con otras personas que no saben o no quieren aprender español porque no les hace ninguna falta. Y si nuestro  triste futuro va a ser la emigración, con mayor razón aún. 
 


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