miércoles, 21 de agosto de 2013

CALUROSO VERANO


CALUROSO VERANO (por Larry Romántico)

Aunque dijimos que no publicaríamos nada hasta septiembre, he considerado oportuno incluir una nueva entrada antes del plazo anunciado, por motivos de alerta climatológica.
 
Queridos amigos y amigas, para la mayoría de vosotros lo normal, en este más que cálido mes de agosto, habrá sido sumergirse en una piscina o en la playa. Sin embargo, sin saber exactamente por qué, este verano he sentido la necesidad de darme unos prolongados baños de arte y de música clásica en una ciudad tan sugerente para ello como es Viena.
 
Así, entre otros muchos espacios impactantes, me dejé llevar, por ejemplo, hacia la contemplación de las obras de maestros del movimiento de la Secession, como Óskar Kokoschka o Gustav Klimt, que se exhiben en la primera planta del Palacio Beldevere Superior, y me regalé los oídos y el alma con la asistencia a un concierto de la Filarmónica en la Sala Dorada de la Ópera vienesa.

Como español y romántico empedernido, soy un ser de sangre caliente. No obstante, últimamente, tengo la impresión de estar conectado de una manera muy peculiar con las isobaras y, en particular, con los anticiclones. Como no hay borrascas a la vista en mi vida, se diría que la atmósfera se contagia de mí y se vuelve tórrida allá donde me dirijo.
 
Puede que esa sea la causa de que este mes de agosto en Viena se haya batido el récord histórico de temperatura, alcanzándose una máxima de 39,9 grados centígrados. Lo nunca visto. Pues bien, allí estaba yo. Cobijado bajo las vidrieras de la Catedral de San Esteban, uno de los santos lugares en los que, con independencia de algunos grandes almacenes y de los hoteles, se podía estar relativamente fresco.

El sofoco ha llegado a ser tan generalizado, que se ha autorizado expresamente a los turistas y al público en general a permanecer gratis, y mucho más tiempo que el habitual, dentro de la propia Dom y de la mayoría de todas las iglesias y parroquias de la ciudad.

Algo parecido me sucedió en Moscú en 2010, cuando una ola de calor la asoló a finales de julio y se alcanzaron más de 37 grados, la máxima más elevada de los últimos 29 años. El denso humo de un incendió que tuvo lugar en los alrededores de la ciudad moscovita, me impidió disfrutar plenamente de mis dos últimos días de vacaciones.
 
Menos mal que la semana anterior la había pasado en San Petersburgo y la total ausencia de contaminación del aire me permitió disfrutar de muchas cosas, incluidos los tesoros artísticos del Hermitage y los bellos ojos de las jóvenes rubias ciudadanas nativas, principal exponente, en mi opinión, de la raza aria.

Escribo estas líneas al atardecer, desde el Graben, después de caminar horas y horas por toda Viena, sentado en el célebre café Hawelka, lugar de encuentro de artistas, de cuyas paredes cuelga una importante colección de arte contemporáneo.  

Me pregunto por el siguiente rumbo de mi viaje, en la confianza de que allá donde me dirija, el mercurio de los termómetros se disparará, sin duda. Lo siento por los ciudadanos habitantes de la siguiente ciudad o paraje de destino, que no pueden ni imaginar la que les espera, ja, ja, ja. Pero que estén tranquilos los de Groenlandia porque no tengo ningún interés en que se derrita el Polo Norte y se nos inunde España.
 
Ya lo decía Kiko Veneno: Hace calor.
 

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