lunes, 22 de julio de 2013

MIS CALLES

Cuando uno ha vivido en diferentes ciudades, siempre ha estado ligado a una calle en particular, ya sea del centro o de la periferia.
 
He aprendido mucho observando a la gente, día tras día, en aquellas calles, en todas ellas. Una vez viví en un barrio denominado La Soledad. Sin embargo, nunca me he sentido más acompañado. Daba gusto que los vecinos te saludasen al pasar y que te invitasen a sentarte un rato para charlar o a tomar un vino o una cerveza.
 
En el mes de septiembre, la calle principal de aquel barrio era una fiesta durante varios días. Aquellas personas sacaban mesas y sillas y celebraban juntas su mutua amistad. Yo solía regresar de viaje cada año por esas fechas y nunca olvidaré la acogida que me dispensaban todas esas familias, nada más llegar del aeropuerto. 
 
También recuerdo la calle en la que pasé toda mi infancia y mi adolescencia, con sus aceras siempre concurridas, pues pocas calles de esa ciudad tenían tantos comercios y bares. No podría contar las veces que subí y bajé sus empinadas pendientes, ni los trayectos de autobús, ni los tragos de agua que bebí de su fuente, ni la cantidad de portales en los que me resguardé de la lluvia o del abrasador calor que despedía el asfalto.
 
Todos los chicos conocíamos de memoria un montón de nombres de calles de nuestro barrio y acostumbrábamos a pasear por todas ellas, cada vez ampliando nuestra ruta, nuestro horizonte. Andando y andando sin cesar, cruzábamos la frontera del entorno conocido para adentrarnos en el bosque de ladrillos de la gran capital.
 
Entonces presumíamos ante otros chicos de saber llegar caminando a tal o cual sitio. De ser incapaces de perdernos. Éramos un grupo de chavales incansables exploradores urbanitas, que se sorprendían a sí mismos por haber llegado tan lejos, apretando los dientes y los cordones de los zapatos, al percatarse de que aún quedaba otro largo trecho por recorrer, de vuelta a casa.
 
Ahora ponen nombres a las calles de las urbanizaciones que crecen como hongos en las afueras de las ciudades. Pero esas no son realmente calles para mí, porque apenas tienen vida. Sus vecinos no suelen entablar conversación alguna, ni están atestadas de tiendas en las que detenerse a soñar ante cualquier escaparate, ni existen juegos recreativos en los que jugar mil partidas, ni hay pobres pidiendo limosna, ni discotecas, ni clubs de mujeres "malas".
 
He vivido en calles de ciudades en las que, al salir del portal, el sol me cegaba cada mañana o el viento helado del invierno me cortaba el cutis como una cuchilla. Calles en las que aparqué mi viejo coche, al que traté mal y desapareció entre los hierros de cualquier desguace. Calles en las que las acacias me regalaban pan y quesito en primavera. Aceras por las que machaqué pares y pares de zapatos y manché de barro montones de calcetines y pantalones.
 
Calles en las que nos encontramos tantas veces, ayudamos a cruzar a señoras, niños y a ciegos. Calles ruidosas, bulliciosas, y luego mudas de madrugada, cuando el peligro acechaba en cada esquina, durante los crudos inviernos, con o sin copos de nieve.
 
Los Lone Star, cantaban una canción dedicada a su calle, que tuvo mucho éxito. No me extrañó, porque no conozco a nadie que aborrezca su calle habiendo habitado durante años en uno de sus edificios.
 

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