lunes, 8 de julio de 2013

LÁGRIMAS AMARGAS


LÁGRIMAS AMARGAS (por Larry Romántico)
 
Como a Lalo Monsalve, a mí también me duelen las injusticias. Una de ellas, sin duda, es hacer llorar a los demás, como consecuencia del dolor o la tristeza. Una sola lágrima provocada en una persona o en varias por las acciones u omisiones de otra, debería ser motivo de una profunda reflexión.  

Nadie se merece un llanto que no se derive de la alegría o de la risa. Admito que, en plena desolación, una persona exprese así su pena, de manera desconsolada. Su propia tragedia, exclusivamente por culpa suya. También me parece lo más normal llorar la pérdida de un ser querido. 

Pero lo que no es de recibo es llegar a provocar en los demás tal grado de tensión, aflicción, rabia o angustia, que no les quede otra opción sino llorar. 

Un antiguo dicho recuerda que quien bien te quiere te hará llorar. No es cierto. Estamos aquí para ser felices e intentar que los demás también lo sean. No creo que nos hayan convocado a este planeta para provocar la tristeza y el desánimo en nuestros semejantes. Si de verdad te quieren, existen muchas maneras de demostrarlo. Me niego a que me hagan llorar por mi bien. 

Desconozco si existe un mercado de compensación universal de la tristeza. Por ello, me pregunto cuántas sonrisas  o besos o caricias, serían necesarias para conjugar una única lágrima y qué volumen de buenas acciones bastaría para, al menos, lograr equilibrar el balance por el dolor causado. 

Una vez más, hay que recurrir a la prevención. Estoy convencido de que una buena estrategia consiste en no repentizar. Es decir, pensar un instante las cosas antes de decirlas. Hay mucho dolor gratuito, muchos malentendidos que se originan por no saber callar, por no saber escuchar. A veces, es mejor morderse la lengua, aunque suponga algún tipo de renuncia. 

De cualquier forma, cuando el daño ya está hecho, hay que reaccionar cuanto antes. La disculpa no debe hacerse esperar. Incluso si la respuesta resultase furibunda contra el culpable. Lo más normal es que no quisieras haber dicho o hecho lo que dijiste o hiciste. Si es así, habla. Es mejor manifestarlo con sinceridad, al tiempo que las lágrimas corren por las mejillas de los otros. Diles que lo lamentas profundamente y pide perdón. 

Soy consciente de que hay muchas lágrimas de cocodrilo, que no son verdad, como los pucheros que hacía José Bretón frente al tribunal que le juzgaba. Pero yo no hablo de esa clase de puestas en escena, que se utilizan con fines oscuros o engañosos, sino de lo que dicta tu propia conciencia, si la tienes, cuando actúas mal y causas la amargura en las personas, sobre todo en los que te aprecian y quieren. 

Si te sucede con frecuencia, no lo dudes, háztelo mirar antes de que te coloquen un letrero colgado del cuello que diga: “Irritante y nocivo para el personal”.

 

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