martes, 16 de julio de 2013

EL DINERO

EL DINERO (por Lalo Monsalve)
 
Cuando me introduje en el ámbito de la Economía, para hacerme una idea de lo que era eso, uno de mis profesores parecía tener las cosas bastante claras. Cada vez que se planteaba el tema de las relaciones entre los poderes del Estado, su frase favorita era que el verdadero poder era el económico. Es decir, quien mandaba en realidad en un país era el dinero. O mejor, los que lo tenían a mansalva.
 
En mi juventud aquello no aparentaba tener mucho sentido, pero, con el transcurso de los años, comencé a percatarme de que existe un mundo mejor en el que vivir, aunque es más caro.
 
Es una verdad poco discutida que, si dispones de una gruesa cuenta bancaria, te puedes permitir una o varias casas impresionantes, buenos coches de lujo, unas vacaciones de ensueño donde quieras y cuando lo desees, comilonas y cenas en los mejores restaurantes, y, en el supuesto de que te sientas envejecido, cansado o enfermo, las clínicas y hospitales más acreditados del mundo te esperan con los brazos abiertos para ponerte a tono o curarte de todos tus males, a un precio que pocos pueden permitirse. 
 
En general, todo esto solía estar al alcance de unos cuantos privilegiados. No obstante, el común de los mortales ha hecho alguna intentona para asemejarse a esa élite. De manera legal, mediante su propio esfuerzo, saber y entender, o de forma tramposa, a través del engaño y el fraude sistemático.
 
Estos últimos, los listillos, solían dilapidar sus recientes fortunas de una manera poco inteligente. O bien se arruinaban rápido o se iban directos a la cárcel una buena temporada, por chorizos. Pero, de un tiempo a esta parte, las vías de enriquecimiento veloz, los pelotazos, han proliferado por doquier, y la mayoría de esas actividades se han revestido de simulados visos de legalidad, derivando en conductas que son, al final, difícilmente punibles.
 
Así, el pueblo llano asiste estupefacto al espectáculo diario de la presencia en los medios de comunicación de delincuentes, que pasaron una larga temporada en prisión, y que ahora pontifican cuando hablan de política y economía, dando lecciones sobre cómo debería dirigirse un país.
 
Por otra parte, la ciudadanía se muestra expectante esperando el día en que todos los casos de corrupción política y económica, que están pendientes de celebración de juicio o de dictado de sentencia, tengan como resultado la expiación de culpas de los encausados, su ingreso en la cárcel y la devolución de todo lo indebidamente apropiado o robado con descaro.
 
El caso más sangrante, sin duda, de entre la pléyade de procedimientos judiciales por corrupción que se encuentran abiertos, es el que está afectando al partido en el gobierno. Creo sinceramente, que hasta el más tonto ya se ha dado cuenta de que muchos, con responsabilidades públicas a sus espaldas, se estaban forrando con dinero de oscura o no tan oscura procedencia.
 
Parecería que es la Justicia quien tiene la última palabra, pero es sólo un espejismo. Son otros los que le dirán a Rajoy si tiene o no que confesar sus presuntas culpas. Es a otros a los que les conviene que siga o no este gobierno u otro. Se trata de su dinero, y no el nuestro, el que está en juego. Los demás no importamos. Somos la plebe, la chusma. Nos ven únicamente desde la óptica del consumo. Presas fáciles de cara al marketing y las ventas. Somos carne de hipermercado y de gran almacén, y pronto lo seremos del comercio masivo a través de Internet.
 
Uno de los ejemplos más palmarios es el caso de los teléfonos móviles. Las compañías los han regalado durante años. Poco a poco, de forma progresiva, crearon la necesidad de cambiar de aparato en la gente. Te los daban a base de puntos. Un móvil cada vez más moderno, más llamativo, más sugerente. Una trampa. Ahora la inmensa mayoría de los usuarios pagan elevadas sumas al adquirir un nuevo aparato y, si quieres uno gratis, has de cambiar de operador, quien te ofrecerá unos pocos modelos de segunda fila para elegir.
 
Móviles, tabletas, portátiles, play stations, caen en manos de nuestros adolescentes y jóvenes, que mueven serias sumas de dinero cada año en todos estos productos. La mayor parte de ese gasto lo asumen los padres y los abuelos. Y a veces se cae en el esperpento. Me parece un gigantesco contrasentido hacer la fila en el banco de alimentos o en la cola de la oficina de empleo  mientras se llama por teléfono con un móvil de última generación.
 
Un poco de cordura no nos vendría mal a todos. La inmensa mayoría no manejamos grandes sumas de dinero y deberíamos ser cautelosos. Las vacas flacas van a seguir entre nosotros unos años más. En la India no se las comen pero, si no tienes cuidado con tu dinero, es posible que aquí lleguemos a pagar caros hasta sus tuétanos.
   

2 comentarios:

  1. Efectivamente, una parte importante de las personas están atrapadas por el consumo de cosas (materiales e inmateriales) totalmente innecesarias para lograr un vida satisfactoria. Solo son necesarios unos buenos y simples alimentos para el cuerpo y el alma, dormir bien y tener satisfacción sexual plena. Pero lo más simple puede ser defícil de conseguir. ALC

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    1. Muchas gracias por tu participación, que esperamos que se repita. No obstante, como ya sabes, puedes comentar anteriores entradas de este Blog.

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