miércoles, 19 de junio de 2013

EL TABACO

EL TABACO (por Lalo Monsalve)

A mí fumar, en realidad, no me gustaba. Supongo que lo hacía porque casi todos los de mi pandilla fumaban. En mayo se cumplieron 30 años desde que dejé de fumar. Mucho tiempo. Recuerdo que fue una decisión difícil, pero a la vez valiente. Desde entonces, la valoración que he hecho de la misma siempre ha sido positiva.

El tabaco me estaba matando. Así de sencillo. Ha
bía perdido una buena parte de mi voluntad y eso me fastidiaba. Además, el hábito se había convertido en algo orgánico y la nicotina cada vez me exigía más.

Un día caí en la cuenta de que las circunstancias que me rodeaban eran lo suficientemente favorables para dejar de fumar de manera definitiva. Antes lo había intentado varias veces, pero sin éxito alguno. Nunca fui capaz de estar un par de días sin fumar, aunque tuviese bronquitis, seguía fumando. Para mí no era necesario desayunar, pero sí fumar seis o siete cigarrillos de tabaco rubio sin filtro antes de un café con churros o porras o un pincho de tortilla.

Pero existe un factor que es esencial: querer dejarlo. También hay que rodearse de un entorno adecuado. Nada como trabajar o compartir una buena parte de la vida diaria con no fumadores convencidos. Es lo mejor. Los primeros días noté su apoyo y también su sorpresa. Lo había dejado a lo bestia. Sin pastillas, sin parches (entonces no existían) y sin otros sustitutivos. Una de mis principales preocupaciones era qué haría yo con las manos sin un cigarrillo entre los dedos, qué me pasaría después de comer o cómo podría ponerme a pensar en la solución de algún problema.

Utilicé después un truco infalible: se lo dije a todo el mundo: "He dejado de fumar".

Por el tipo de trabajo que yo desempeñaba, muy de relación social, era frecuente que te ofreciesen un cigarrillo. Me hice más fuerte rechazándolos a diestro y siniestro. Mis compañeros de trabajo y mis amigos no daban crédito a mi actitud. Me costó convencerles de que hacía ya varios días que no me ponía un cigarro en la boca. Pasaron varias semanas. Ya dormía mejor. No me daban arcadas al levantarme cada mañana y las manos me temblaban mucho menos. Hasta que una tarde llegó la gran prueba inesperada. Tenía que cambiar de armario la ropa de invierno y encontré un paquete de cigarrillos en uno de los bolsillos de un abrigo.

Allí estaba yo, sólo ante el peligro. El tabaco y yo. Inspiré fuerte el aroma maravilloso que me había acompañado durante tanto tiempo y tan buenos y malos ratos me había hecho pasar. No obstante, lo tuve claro. Estrujé el paquete entre los dedos y lo tiré al cubo de la basura. Cerré la bolsa y la bajé raudo a la calle para depositarla en el contenedor. Me sentía limpio, fuerte, y sobre todo....me sentía libre.


Para ilustrar este tema, os ponemos una psicofonía de un fumador fallecido a causa del tabaco, que canta (si puede llamarse así) una versión mortuoria de la composición "La Calavera", de Larry Romántico.

http://www.youtube.com/watch?v=t_ie0itbXOw


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario